La construcción (o deconstrucción) cultural del cuerpo femenino: la referencia corporal versus la dimensión espiritual

Marcelo Arancibia Meza y Rosa Behar Astudillo
Grupo de Trabajo Salud Mental de la Mujer
Sociedad de Neurología, Psiquiatría y Neurocirugía de Chile (SONEPSYN)

Desde nuestra formación occidental, la educación cumple con la labor de modelar nuestro cuerpo, ajustándolo a las exigencias del entorno próximo, por lo que adquiere como mediador cultural un rol protagónico, toda vez que se le exige acercarse persistentemente a la imagen corporal ideal. Las últimas décadas del siglo XX y lo que llevamos de siglo XXI han sido portadores de estas características, generando una insatisfacción en relación a la silueta corporal que es conducente a su distorsión perceptual en mayor o menor grado. El ideal estético corporal socialmente propuesto y masificado por los medios de comunicación es internalizado por gran parte de las mujeres de la cultura occidental, probablemente por la estrecha relación existente entre autoestima y atractivo físico, estableciéndose una equivalencia entre belleza y delgadez, lo que muchas veces es biogenéticamente complejo. Es en este sentido en que podríamos enlistar algunos factores socioculturales que han influido en la construcción de estereotipos corporales, teniendo como base al modelo de belleza de la contemporaneidad occidental, la que se identifica profundamente con el desarrollo de las comunicaciones en el contexto de una sociedad de consumo, muchas veces enfocada a crear, exhibir y perpetuar un arquetipo ideal de belleza que debe ser alcanzado en detrimento de atributos intelectuales y espirituales. En esto, la coacción mediática ha sido exitosa en lo ambiguo, pues ha logrado confundir y traslapar los conceptos de belleza y éxito. Así, el cuerpo se transforma en el pasaporte al logro de un estatus social, valorizándose la figura esbelta como sinónimo de éxito, poder, valía, atractivo, autocontrol e inteligencia, homologándose por el contrario a la gordura con fealdad, holgazanería, incapacidad e ineficiencia, lo que da cabida a la permanencia de la delgadez como idea sobrevalorada trascendental. Los estereotipos estéticos suelen extenderse en las sociedades complejas en sentido descendente, es decir, desde las clases más acomodadas hacia las más bajas, producto en parte del acceso a la información. Sin embargo, la relevancia que se le asigna a la apariencia y el ideal de delgadez que antes parecía privativo de las clases más acomodadas, hoy por hoy parece permearse a todas las extracciones socioeconómicas. El modelaje es actor protagonista en esta difusión y en la exhibición de los patrones estéticos corporales imperantes, siendo transmisores al mismo tiempo de patrones abstractos como autonomía, éxito social, versatilidad y autodeterminación, todo esto gracias al íntimo vínculo entre los medios de comunicación y la publicidad, rostros de una cultura donde el valor en lo económico es central. Esta última es decidora en la construcción de la opinión individual respecto a la evaluación corporal, la que se ha articulado de manera dicotómica, transitando entre lo aceptable y lo inaceptable: lo gordo vs lo flaco, lo bello vs lo feo, lo que está a la moda vs lo que está obsoleto, etc., incidiendo por cierto en la autoestima de las personas que luchan por posicionarse en el logro de este ideal impuesto externamente. El tránsito hacia este objetivo queda marcado por la búsqueda de lo que aceptamos como estético y el consumo, tras participar de la idea de lo que nos ha aparecido como jovial, saludable, energético, exitoso y en definitiva perfecto. El dominio de lo corporal queda determinado por la gestión del autocontrol y la disciplina representados por los hábitos alimentarios, el ejercicio físico y el deporte, la cosmetología y la cirugía estética, todos progresivamente promotores de los cada vez más frecuentes trastornos dismórficos corporales, que muchas veces conducen a numerosas intervenciones plásticas, pero que difícilmente satisfacen la disconformidad con algunos parámetros subjetivos de armonía y hermosura del rostro y la silueta corporal. Conjuntamente, nos encontramos inmersos en un ambiente sociocultural que refuerza una moral del Yo, centrada en el trabajo arduo, el rendimiento y la producción, que a su vez favorece las ambiciones perfeccionistas de excelencia y el alcance del éxito en diversos ámbitos, presiones a las cuales se encuentra sometida la mujer actual, en riesgo de desarrollar patologías mentales, principalmente trastornos depresivos, de ansiedad, desórdenes de la conducta alimentaria, abuso de sustancias, entre otras.

En esta contingencia es que emerge una sociedad pluralmente disconforme provista de vacíos existenciales que con seguridad emanan desde el vínculo con lo social, y que soporta el peso de la globalización capitalista teñida por aspectos efímeros, mundanos y hedonistas dirigidos hacia al cuerpo más que por una apreciación a valores superiores que atañen al intelecto y al espíritu, reforzadores de la belleza interna del alma imperecedera y atemporal. Sor Juana Inés de la Cruz hace más de 300 años sorprendía al decir que Dios debía ser mujer porque todo lo había hecho muy bello, pagando caro el pensar en voz alta. Esto revela por un lado la histórica represión expresiva hacia la mujer, y por otro, que esta belleza a la que se refería Sor Juana no era otra que la interior, puesto que su concepción divina no era comparable a una belleza corporal, limitada y superficial. Es a esta belleza a la que nos referimos también, la que se desprende desde el plano inmanente de la mujer: sus dimensiones espiritual e intelectiva. El eterno femenino no surge sino desde la re-dignificación de la mujer al poner nuestra atención en lo que de ella permanece: su enriquecedora sabiduría que ha demostrado a través de la historia de la humanidad y su alma altruista, intuitiva, servicial y compasiva.

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